Reflexión del Kurdistán iraquí: Bailando hacia el amanecer

por Pat Thompson

El frío de la noche se mantuvo a raya por el constante ir y venir, por el movimiento de pies en el pasto corto y la vibración rítmica de nuestros hombros.

Estuvimos bailando, estilo kurdo, en un largo semicírculo de hombres y mujeres tomados de las manos, intercambiando saludos, ovaciones y gritos.

Pronto el único semicírculo se convirtió en dos, luego en tres, con los bailarines haciendo piruetas y saltos entre ellos. Bailarines kurdos, turcos, árabes, asirios y persas, cristianos, musulmánes y yazidis, nos mezclabámos y girabámos a los ritmos de la percusión y las melodías del oboe.

Políticamente, la situación en Kurdistán y a su alrededor es difícil y compleja: la guerra en Siria, huelgas de hambre y la acción militar de Turquía, las amenazas de guerra contra Irán, ni mencionar la lucha por un Kurdistán independiente. La política, impulsada por el dinero y el poder, el racismo, la xenofobia y las antiguas alianzas militaristas, tienen poco que ofrecer a la gente común. Sin embargo, la política lo controla todo. Tratos hechos, los fuegos de la guerra se avivan, las acusaciones vuelan, y la gente sufre.

Pero aquí, en el marco del vínculo común de la música y el movimiento, la política cedió camino a las relaciones construidas sobre el respeto mutuo para los dones de cada uno, sus talentos y pasiones, y la lucha para empujar sus talentos hasta el límite.

El festival cultural de Ranya trajo consigo la música y la danza de toda la región — dos noches de luces brillantes y equipos de cámara, enfocadas a una tarima que daba la oportunidad a jóvenes de entretener a más de 5.000 personas–. Los jóvenes se deleitaban con la oportunidad y no decepcionaron.

Pero fue la fiesta después del concierto, la actividad de las últimas horas, lo que realmente mostró el espíritu, la alegría y la pasión de este grupo tan diverso. Los artistas reunidos para entretenerse ya no hacían el show; Tocaron y cantaron hasta altas horas de la madrugada, compartiendo las canciones de amor y pérdidas, de la vida y la muerte, bailando, aplaudiendo y pisoteando al compás, o guardando silencio solemne ya que un Mamosta (profesor); compartía una balada sin acompañamiento que toco el corazón de cada alma en el lugar.

La política es complicada, ya que crea objetivos inacabados, plazos insatisfechos, promesas incumplidas y presupuestos no reales, todo lo cual se convierte en excusa para que la contraparte haga lo mismo. Estas políticas bloquean el camino para la paz.

Como bailarines estuvimos hombro con hombro, sonriendo, riendo, pisando los pies al ritmo de la música. Bailamos — Kurdos, turcos, persas, árabes y yo, el británico — y hubo paz.

Nuestros pueblos han luchado unos contra otros a lo largo de los siglos, oprimidos y opresores, luchando por el dinero, el poder y el control. Pero aquí, al sonar la música, hubo paz.

Al final, no importa quién tiene el poder, quién es el presidente o primer ministro o qué parte tiene control. Al final todo lo que ellos quieren es su voto, su aval para que puedan tener el control, llenar sus bolsillos, satisfacer sus intereses. Un verdadero cambio, cambio que moldee la historia, nunca viene de la parte de arriba, sino de la gente — músicos, poetas, artistas, bailarines, cantantes, personas de gozo, de alegría, pasión, paz y amor.

Fuente:  Christian Peacemaker Teams

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