Una princesa kurda en México

Milenio.com – Hanna Jaff pertenece a la realeza, por lo que ha vivido en un ambiente de lujo y viajes constantes. Estudió en el Tec de Monterrey, la Sorbona y Harvard, y ahora quiere participar del cambio social en nuestro país, donde están parte de sus raíces.

México • Ella es el fruto de dos culturas, la mexicana y la kurda. Estudió en La Sorbona, en el Tecnológico de Monterrey y en Harvard. Pasó su vida en Estados Unidos y habla el español con acento tijuanense. Su familia real en Kurdistán no le ha heredado el título nobiliario, pero ha decidido pasar de la vida en castillos a la política mexicana, de las fiestas en Dubai a la filantropía en la frontera norte. Se llama Hanna Jaff y entre los clientes de su familia están los Hank Rhon y los Beltrones, a quienes llama sus “tíos”.

Pasar tanto tiempo bajo las brasas del sol de Tijuana la ayudó a soportar los 40 grados en Kurdistán. Pero nadie la había preparado para llegar a un sitio donde ser mujer es la mayor desventaja, donde no importa que sus tíos sean ministros o su abuelo presidente. Durante tres semanas, paseó por los desiertos del Medio Oriente junto con su familia, el clan Jaff, uno de los más antiguos y poderosos de la región. Ahí descubrió no solo sus raíces étnicas, sino también la vocación humanitaria que hoy la trae a México.

No todas las princesas tienen una corona y un reino. Pero ésta tiene un castillo, un clan poderoso que la respalda, un imperio petrolero y estudios en las universidades más prestigiosas. En sus recientes vacaciones, Hanna llegó al Castillo Sherwana, el refugio de su familia en Kurdistán, donde además celebraron la boda de su prima. El castillo fue construido por el Rey Mohammed Jaff, su bisabuelo. En esa época era su casa de invierno, pero ahora la planta baja es un museo: el resto sigue albergando a los Jaff.

Hasta hace unos meses, Hanna vivía en Nueva York, donde hacía su doctorado en Columbia. Cuando no estaba en clases, pasaba largas temporadas en San Diego, donde nació y viven sus padres y su hermano. A más de 10 mil kilómetros de ahí, en Irak, su tío Jalal Tabani tomó las riendas del país que resurge de la dictadura de Sadam Husein. Ella está dispuesta a ayudarlo y por eso viajó hasta Bagdad para acudir al Consejo de Ministros y participar en la conferencia de la organización Kurdish Women Rights Watch. No esperaba que ahí le dieran un trato como a cualquier mujer: sin voz ni voto. “Cuando hablé para intervenir en la reunión de los ministros, donde la mayoría son mis tíos, uno se puso de pie y dijo que él no escucharía la opinión de una mujer. En ese momento tuve que callarme. Aunque después le explicaron quién era yo y estaba muy apenado conmigo”, cuenta la joven de 25 años.

Hay algo de esas tradiciones conservadoras que inevitablemente le recuerda a la otra parte de su árbol genealógico; hay algo en esa pobreza extrema y desigualdad del desierto que le recuerda a su tierra materna: México.

El contraste

Dicen que San Diego es la parte más bonita de Tijuana. Por eso Lilia Bosdet visitaba la ciudad con frecuencia y cruzaba la frontera entre el primer y el tercer mundos casi a diario. Buscaba
las mejores tiendas, las mejores fiestas y sin querer encontró al amor de su vida: Saryas Jaff Talabani, que entonces estudiaba un doctorado.

Él tardó mucho en confesarle que en su país de origen, Kurdistán, tenía un imperio económico que lo estaba esperando, una familia con un reinado sin corona. “Un día me dijo muy serio que era un príncipe. Pensé en dejar de verlo por mentiroso”, dice Lilia, quien tiene un despacho de decoración de interiores que ha sido contratado por familias renombradas en México, como los Hank Rhon y los Beltrones, con los que lleva ya 30 años trabajando y a los que Hanna llama sus “tíos”.

La pareja decidió construir su hogar en Estados Unidos, lejos del desierto kurdo y las constantes crisis económicas de México. Ahí se criaron sus dos hijos entre tres idiomas, tres culturas y en una ciudad tan diversa que tenían amigos para cada caso. “La mayoría de mis amigos son mexicanos, porque hay muchos en San Diego, pero conozco de todo. Si algo he aprendido de mis padres, sus historias y sus religiones es que debo estar abierta a todos y ser muy respetuosa con el que es distinto”, dice Hanna.

Cuando Hanna llega a Medio Oriente, ya no es la chica que hace yoga y juega golf, ni la que organiza fiestas de disfraces y escucha a Luis Miguel; aquí la acompañan mil años de historia y un apellido que se impone. “Aquí me siento como en casa, con todos los valores que me enseñaron. Me siento valorada y respetada por todo lo que mi familia representa”, dice, aunque le sigue sorprendiendo lo estricto de una sociedad que no permite a las mujeres fumar ni hablar en voz alta.

El clan Jaff trata de resarcir la desigualdad desde hace unos años y por eso construyeron un par de hospitales públicos que abrirán próximamente y detonaron el empleo local con la instalación de las Torres Jaff, las más altas del país.

Glamour petrolero

No todo es control y restricciones sociales: Hanna y sus 37 primos también saben divertirse. Se visitan constantemente y comparten periodos vacacionales y hasta los negocios. Todos forman parte de la empresa familiar, North Bank, el principal banco de Irak y países aledaños, y de las compañías petroleras que han tenido mayor libertad de comercio después de la caída del viejo régimen.

Cada año Hanna y sus padres eligen un país a visitar, China o Inglaterra, por ejemplo. Pero también se da tiempo para viajar con sus primas. Dubai fue el destino que eligieron este año, y apenas en abril pasaron una temporada con la familia real de ese país. “Encontramos al sheikh (rey) en todas partes. Es amable y respetuoso, como toda la gente en general. Me dijo que quería a los kurdos, porque son muy trabajadores. Me sentí muy orgullosa de mi gente y de mis raíces”, cuenta entre el asombro de conocer un país que no ha visto la pobreza, pero sí el lujo extremo.

Ahí, acompañada de los príncipes Saleh y Alí, sus ex compañeros en Harvard, dio un recorrido en helicóptero por la ciudad, conoció los centros nocturnos más exclusivos e incluso recibió un pequeño tigre de regalo, que tuvo que dejar encargado con sus primos. “Ellos también me regalaron un tigre cachorro. Cuando crecen los llevan a un lugar especial, pero mientras, están por toda la casa real, como perritos”, dice.

El México de antes

Su otra nacionalidad nunca la abandona y conserva los mejores recuerdos del país que vio crecer a su madre. Parte de su carrera universitaria la cursó en el Tec de Monterrey donde, recuerda, la trataron como en casa. Le guarda cariño a esa ciudad y a la gente para la que era como cualquier paisana.

“La calidez y generosidad de la gente es algo que agradecer siempre”, dice.

Su forma de retribuir ese buen trato es hacer trabajo de voluntariado en hospitales de Tijuana y trabajar con la fundación Castro Limón, que ayuda a niños con cáncer. Aunque ya no visita este territorio con tanta frecuencia como quisiera, por seguridad.

Antes entraba a México por las noches con su hermano y amigos para disfrutar de la vida nocturna. Pero algo raro comenzó a ocurrir. Cerraban los antros hasta que un grupo de hombres con joyas ostentosas decidía irse. Nadie podía entrar ni salir. “Nunca quisimos averiguar más, simplemente dejamos de ir porque tampoco hay policía a quien recurrir. Me duele que sea así, pero México se ha vuelto un poco inaccesible, no es el México de antes donde podías salir y caminar por las calles tranquilamente. De pronto parece un país que ya no conozco”, dice. “Si algo he aprendido de mis viajes a Medio Oriente es que solo la solidaridad puede acabar con la pobreza y el crimen”.

Es por eso que ahora vive en México y busca una oportunidad para formar parte de la política nacional. “No importa tanto el partido que elijas como trinchera. Lo importante es ayudar a las personas y hacer un país mejor”. Con sus estudios en ciencias políticas bajo al brazo, está dispuesta a empezar desde abajo y ganarse su espacio para tener la oportunidad de hacer un cambio real. Durante algunos meses trabajó para la alcaldía de San Diego y no encontró los retos que hoy busca en un país azotado por la violencia y la inestabilidad. “Quiero formar parte de ese cambio”, dice.

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3 respuestas a Una princesa kurda en México

  1. lilia dijo:

    qq interezantee es una bonita historia

  2. ana dijo:

    en kurdistan no hay imperio es una estafadora

    • Cesar Martin dijo:

      Ana MUY CIERTO!! Pienso lo mismo acerca de esta mujer desde el primer dia que la vi exhibiendose entre politicos y en los medios, esta gente vividora esta montando un espectaculo con la finalidad de obtener todo lo que pueda de mexico. Son vividores, como puede ostentarse como princesa si ademas de lo que comentas ni siquiera son reconocidos como estado! No confio nada en ella!

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